Después de una hora viajando en tren, Leonor llega a la estación Constitución. La presencia de tanta gente la agobia. Desde siempre vivió en un humilde pueblito, con casas chatas, campos sembrados, animales, cielo y tierra acompañando su vida. La necesidad la obliga a buscar trabajo en la ciudad. Debe presentarse hoy lunes, en la casa donde necesitan una mucama. Lleva en la mano una tarjeta con la dirección. La lluvia que llena de charcos las veredas rotas, le impiden caminar ligero. El lugar donde debe presentarse queda en el centro de la ciudad, así le confirmó el vendedor de diarios, tiene que caminar varias cuadras y tomar un colectivo. La lluvia arrecia, siente el cuerpo mojado, de agua y miedo. No lleva reloj, no recuerda cuánto caminó. El ir y venir de autos y motos la aturde. El papel con la dirección quedó en el suelo aplastado por pies apurados. De pronto se da cuenta, ¡si!, se dice, es el colectivo que debo tomar. Por la ventanilla observa los altos edificios, la gran arboleda, el recorrido la adormece, hasta que una voz la sobresalta; ¡señora!, ¡llegamos a la terminal!- La angustia la invade, se encuentra perdida en una ciudad desconocida. Trata de acordarse dónde iba, hasta que lo logra, le indicaron como llegar. Va cayendo la tarde, las nubes dejaron paso a las primeras estrellas. Pasó el día andando, sin comer, dudaba si seguir con el intento o volverse. Debía haber estado en el lugar a las nueve de la mañana. Su instinto la obligó a continuar. Por fin está frente a la casa, un portón de hierro verde es la entrada a un jardín donde lucen coloridas flores. Las ventanas iluminadas embellecen aún más la mansión. Leonor se lamenta por haber llegado tan tarde. Temerosa toca el timbre, una persona indaga a través del portero eléctrico, casi en un suspiro responde: perdón, me perdí, soy Leonor, tenía que venir hoy a las 9 de la mañana. ¿Qué dice?, ¿cómo hoy?...si acabo de llamar a quien me recomendaría a una persona, la que deberá presentarse mañana, lunes por la mañana. Presa de pánico comienza a correr sin rumbo fijo, agotada por el esfuerzo se sienta en el umbral de una casa. Voces internas le gritan una realidad, existe en ella una fuerza extraña que le anticipa los acontecimientos. Un hombre se le acerca preguntándole que le pasa, a lo que Leonor responde con otra pregunta: por favor señor, dígame, ¿qué día es hoy?, domingo señora, hoy es domingo.
Catalina Bas |