Desde el ayer
El camión de la mudanza se detuvo frente a la casa; el cartel de vendido llamó la atención e intriga de los vecinos. Hacía más de quince años que la misma estaba desocupada, después de la muerte trágica de la familia que la habitaba nadie se hizo cargo de la misma.
De un coche con vidrios polarizados bajó una pareja vestida de elegante sport. Ambos de mediana edad. El hombre de cabellos blancos, tez morena donde lucían importantes anteojos oscuros; llevaba del brazo a su compañera, alta, delgada, cabello negro caído sobre los hombros, paso inseguro al igual que la expresión de su rostro.
Cruzaron el umbral del nuevo hogar con la esperanza de un mundo mejor.
La tarde dejaba paso a un anochecer sereno; por las ventanas abiertas, el perfume de jazmines que adornaban el jardín les llegó como un feliz augurio. Joaquín invitó a su esposa a dar un paseo para conocer el barrio. Luego de caminar varias cuadras engalanadas con árboles frondosos, llegaron a un bar muy coqueto frente a la estación del pueblo.
Sin vacilar decidieron entrar, necesitaban un descanso y saborear algo exquisito.
Fernanda no hablaba demasiado, ponía énfasis en escuchar a su esposo al que admiraba, sobre todo por ser un excelente siquiatra.
Todo denotaba calma, hasta que en un momento ella gira la cabeza y descubre en la mesa cercana a una joven entretenida en la lectura de un libro.
Se estremece al reconocerla, quiere llamar su atención sin que el hombre se de cuenta. La mira insistentemente, levanta un brazo, luego el otro se agita en el aire, tose efusivamente.
¿Qué te pasa Fernanda?, ¿te sentís bien?. Las preguntas de Joaquín la serenan, el hombre sigue con la anécdota comenzada; habla, habla, su mujer no escucha, su objetivo está en otra parte.
Joaquín advierte la intención de su esposa, su mirada se dirige hacia la mesa continua, no ve a nadie, solamente un libro que alguien dejó olvidado. Se inquieta, la actitud de la mujer no es normal. Se dirige al mostrador a solicitar un auto. Al volver a la mesa, encuentra a Fernanda en actitud complaciente, las manos unidas sobre la mesa, sonrisa plena, y murmurando, ¡me dio un beso en la mejilla!.
No necesitó más Joaquín para darse cuenta de que su esposa, a la que rescatara de las llamas, comenzara a salir de la amnesia, y al volver al hogar en el que construyó su vida, distintas imágenes la llevarían sin dudas al pasado.
De ahora en más, comenzaría para el famoso doctor la terrible misión de devolverle la identidad aunque esto signifique para él la finalización de años de feliz convivencia.
Catalina Bas |