El silencio que reinaba en el salón, después que el último de los invitados se marchara, llenó la mente de Inés de zozobra. Esta había sido su última fiesta, aún las luces permanecían encendidas En el encerado piso, los bailarines dejaron huellas de algarabía.; los grandes espejos guardaban la elegancia puesta de manifiesto por los visitantes.
En el aire danzaban risas, besos de despedida, felicitaciones por lo acontecido.
Pero ella estaba sola, preguntándose còmo había llegado a ése momento, cómo pudo , con el dolor que guardaba en su corazón, festejar un aniversario de bodas sin él, que la había abandonado para radicarse en el exterior con otra mujer. Lo sabía, fué ridículo el acontecimiento, a pesar de la cortesía, sus amigos habrían pensado en su insanía.
Su última fiesta, de ahora en más se encerraría entre cuatro paredes, de ahora en más viviría acompañada de recuerdos. Se quitó las sandalias de tacos altos, soltó los cabellos recogidos, y lentamente fue apagando las luces, subió las escaleras que la conducían a su cuarto, con la certeza de que jamás, en la casa, se escucharía el sonido fuerte de la música.
La penumbra de la habitación la rodeó de misterios, la luna se esforzaba por penetrar entre los cortinados de la ventana.
Su nuevo mundo estaba allí, permanecería encerrada en ésa caja de ilusión, hasta que el destino dispusiera lo contrario.
Catalina Bas |