FIESTA EN EL CONVENTILLO
El conventillo se vistió de fiesta. Se acerca el fin de año y todos los vecinos quieren despedirlo con un gran agasajo. Sobre dos caballetes colocaron una tabla que cubrieron con papeles blancos que les regaló el almacenero. Allí compartirán las comidas típicas, que harán las personas de diversas nacionalidades. Doña Juana, cincuentona, de cabellos blancos recogidos en rodete, llega con las manos enharinadas todavía, trayendo un pan dulce que aprendiera a hacerlo en su lejana Italia; lo deja en el centro de la mesa. Se le acercan los chicos de la casa queriendo tocarlo, cosa que la enfurece, sus gritos se escuchan pasando por el gran patio, hasta la piecita de la terraza, dónde Ramón se esmera en preparar una empanada gallega. Al escuchar los insultos se pone nervioso y la cebolla picada se le desparrama en el piso. De a poco la mesa se va cubriendo con suculentos platos; infaltable la damajuana de vino, y algunas jarras con jugos. En un gran plato el exquisito strudel que hiciera Doña Pola, polaca de nacimiento, pero llegada al país siendo muy pequeña; hoy convertida en mamá de Sofía, quien le saca canas verdes ya que coquetea con hombre que se le acerque. También está el guitarrero Feliciano, hijo de campesinos, recién casado con Aurora, ocupan una pieza donde sueñan con un futuro mejor, empeñándose ahora en hacer el repulgue de las empanadas de carne. Se acerca la hora tan esperada. Vestidos con sus mejores ropas se van acercando al lugar. Las guirnaldas coloridas juegan con el viento, y la música que sale de una radio capilla, los invita a bailar; tango, vals, hasta una tarantela convocan a la alegría. Escuchan un fuerte golpe a la puerta, los sorprende el vecino Pepe trayendo una bandeja con sándwiches de chorizo, que son devorados rápidamente. A la hora del brindis, don Ramón no puede levantarse de la silla, el alcohol lo tumbó y desparrama malas palabras a doña Pola que está cerca de él. Palabra va, palabra viene, y el murmullo de la fiesta se convirtió en una pelea generalizada. Alguien revolotea un plato, que cae en la cabeza de un pobre viejo, quien ajeno a lo que sucedía, leía un diario alemán debajo de una lamparita azul. Se escucharon las sirenas, cada uno de ellos se paralizó en las actitudes negativas, corrieron hacia la mesa y levantando los vasos, brindaron por un año nuevo en paz, por una mejor convivencia....
El amanecer del nuevo año despertó entre sillas caídas, restos de comida manchando los papeles y en el patio cubierto de silencio, mientras cada pieza guardaba el recuerdo de una noche distinta.
Catalina Bas
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