EL ACORDEÓN
Pasaron muchos años desde aquél día en que con mis padres y hermanos bajamos la escalinata del barco para arraigarnos en el misterio de un país desconocido. Dejábamos atrás miserias, guerras, familiares. Nada resultó fácil, por el contrario, hacinados en la habitación de un hotel. Debíamos convivir sin privacidad. Mi madre, dulce y abnegada, nos hablaba de un mañana mejor, teníamos que sacrificarnos para llegar a nuestra meta. Mis hermanos mayores consiguieron trabajo en el puerto, aprendiendo de mi padre. El trabajo no les impedía garabatear por las noches, y así fueron aprendiendo el idioma tan distinto al nuestro. Cierta noche, mi padre, que allá en nuestra tierra tocaba el acordeón en un bar, lo sacó del ropero, estaba envuelto en papeles de diarios de la lejana Hungría. Se sentó en una silla y a su alrededor, todos nosotros, nos embriagábamos con la música. Yo tenía 8 años, y llevaba dentro de mi, la armonía de ése sonido que junto a la voz de mi madre, eran canciones de cuna. Se lo pedí, el tamaño del mismo me superaba, pero una fuerza inusitada movió mis manos, de allí surgió la idea familiar : podría salir con él al centro de la ciudad, tal vez las personas al pasar se apiadarían de mí regalándome monedas. Era una tarde de primavera, mi madre me esperaba en la esquina, me acerqué temeroso a la cercanía de un negocio que lucía vidrieras lujosas. Al verme reflejado en ése gran vidrio sentí miedo a no poder ayudar a mis padres. De lejos, la sonrisa de mamá me iluminó y en ése momento comencé a perfilar que la música estaba en mi futuro.
Catalina Bas
PD. Lamentablemente hemos visto a muchos chiquitos explotados, sentados en un banquito moviendo un bandoneón.. En mi afán de cambio, escribí éste relato.
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