Tiempo
Julián no podía creerlo. El abuelo se había acordado de él; en su testamento lo nombró heredero del contenido misterioso de la *pieza del fondo* de la casa.
La vida del abuelo fue intrigante. Se encerraba por horas en el cuartito . Para llegar hasta allí tenía que atravesar un gran patio que continuaba con un tramo de tierra cubierto de grandes plantas. Cuando la lluvia arreciaba el espacio se convertía en un verdadero lodazal.
No había impedimento para el hombre; enfermedad, calor, frío, nada permitía que faltara a la cita diaria.
Nadie sabía del contenido de ése cuartito, suponían que estaba lleno de telarañas y humedad. Cuando salía, un candado sujetaba las cadenas con las que cerraba la puerta.
El abogado entregó al joven un sobre lacrado, en su interior, las llaves del misterio.
Tardó un tiempo en tomar la decisión de ver que había en el lugar, pensó en libros, papeles manuscritos, fotografías, recuerdos.
Llegó el día, la mañana primaveral le regalaba un sol tibio. Cuando el óxido de la cerradura crujió entre sus manos, sintió la presencia del abuelo . Abrió la puerta, encendió la luz y lo recibió un concierto inesperado de campanas. Ante sus ojos cientos de relojes cubrían las paredes. Variados tamaños y colores, todos en movimiento. Sobre una mesa de madera lustrada descansaban cajas conteniendo engranajes, agujas, números. La mirada asombrada no podía abarcar tanta maravilla.
Se sentó en el piso, le costaba respirar, el reloj de su muñeca se detuvo, sintió que el corazón se detenía en concordancia con él. El cuerpo se alivianaba, el frío enguantó sus manos y ahogó un grito. La luz comenzó un tintineo, las agujas de todos los relojes se paralizaron.
Se detuvo el tiempo, su tiempo.
Un fuerte temblor lo volvió a la realidad, no tuvo noción de lo sucedido.
Los aparatos comenzaron a funcionar a velocidad desmesurada. Los años avanzaban sin reparo; se aturdió de sonidos y sensaciones,
Un pequeño espejo reflejó su imagen; rostro envejecido, cabellos largos y blancos, entonces comprendió que él, al igual que su abuelo, había transitado entre espacios creados para manejar el camino llamado vida.
Catalina Bas |